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August 16, 2023

Escorts, Prepagos, Putas, Dama de Compañia

Lo que me indigna de...los hombres que visitan a las putas

Y esto es, precisamente, lo que una mujer como no soporta del género masculino. Al que le caiga el guante…

 

Que un individuo, un man, vaya donde las putas, para mí no es un inconveniente moral: hay terrenos más indecentes que un fondillo gastado. El problema, en mi caso, es distinto. Es el deseo. Los tipos que constantemente intercambia dinero por sexo no me mueven el culo. Son, para principiar, poco originales. Ir a buscar el cuerpo de una puta es casi como ir a Disney; lugar donde estuvo todo el mundo; es un paraíso falso que ya sabes cómo son, inclusive si no has ido nunca. En Disney todo es artificial, de mentiras y plástico igual que en la cama de las putas, donde hay una ristra de imitaciones cachondas ("mmm", "ahhh", "mmmjuuu") y olor a desodorante de ambientes. Pero mi contrariedad, que quede claro, no son ellas: lo suyo es una función, un trabajo y basta de sensiblería: para la mayor parte de estas mujeres y algunos hombres, es una labor de perros. El inconveniente está en los hombres que las inquieren. No estoy juzgando, no emito juicios morales, insisto. Es solo que no me conmueven ni un pelo. No existe ni una condición de varón putañero que se me arroje atractiva: o están muy feos. O son muy viejos. O simplemente están perdidamente. O se fastidiaron de su mujer. O su mujer se cansó de ellos. O tuvieron un mal día y quieren doblar la rodilla de alguien. O sencillamente necesitan aligerar, una variante más espuria del inodoro. En cualquier caso, suelen ser tipos sin curiosidad por nada. Y sin ganas de concebir nada. Los hombres que buscan putas no quieren hacer el gasto de más, ni quieren gastar más dinero que lo necesario. A las putas no hay que invitarles la comida, el teatro, el vehículo de regreso. Y, por sobre todas las cosas, no hay que oírlas en seguida del sexo: se lavan, se visten y se marchan. No hacen interrogatorios. No dicen "tenemos que hablar" ni se abrazan al pecho de nadie mientras murmuran "¿Imaginas cómo sería un hijo de nosotros…?". Las putas, y eso las hace tan memorables, batallan para que los hombres disfruten un sexo sin esfuerzo. Bien por ellas, entonces. Pero a mí los oportunos me molestan. Por no discutir, claro, del factor dinero. Un viejo amigo, que ya está comprometido, y en sus tiempos mozos tenía pláticas como esta:

 

—¿Cuánto?

 

—Diez, incluye oral y vaginal.

 

—No, diez por todo, también anal.

 

—Anal, trece.

 

—Bueno, trece, pero me la chupas sin condón.

 

—Para usted sin condón, lo dejo en quince.

 

Está bueno: no dejemos nada al azar. Me dice mi esposo que no hay que hacer contratos confusos, aunque espero que no estuviera rumiando pasarlo con putas cuando me lo indicaba. No termino de pensar en cuál de cualesquiera de las líneas de ese diálogo queda invitado el apetito sexual, el deseo. Porque una cosa es persuadir a tu señora de que sea más puta. Pero otra es pagarle a una joven porque es puta o —peor— entrar en regateos.

 

Putas existían desde antes y putañeros igualmente. Los griegos, por muestra, establecieron un modelo de puta hermosa, ilustrada y exótica. Eran las llamadas hetairas (que en griego significa "consortes"). Tenían una instrucción pulcra y algunas poseían estatus: dos bienes de los que, en oriente, también apacentaban las geishas, señoras atadas a artes como la danza, la pintura o el ceremonial del té. Estas putas planteaban un erotismo de poderes separados: de ningún modo estaba claro quién, la mujer o el varón, era el más fuerte. Y eso era lo bello del asunto. Pero ahora la mayor parte de las muchachas se abre de perniles cuando ya no le queda otra. Nada de libre elección: la puta satisfecha es una invención del porno y lo que queda, en contexto, sobre cada uno de los colchones sometidos, es un hilo de semen y una impresión de dignidades disímiles. Los tipos ya no van con putas para deleitarse y tomar el té: gastan para exponer qué fuertes son, y no hay varón más endeble que el que precisa exponer lo inverso. Por eso, digo, decía, los putañeros no me excitan. También, claro, de la cuestión más irreparable: el hombre que va con putas me está dando, por esclarecimiento, el lugar de mártir. Y yo, que cada tanto sueño con ser puta pero soy periodista, no lo logro.

 

No reincido done las putas

Suele ocurrir en los reencuentros de los compinches del colegio. Con los alientos en alto, alguien plantea irse para donde las putas.

Siempre sale otro que dice que está al tanto un sitio asombroso, caro, pero atendido por ‘puras modelos’. Toman un taxi. Tratan de no pecar de ignorancia, pero el taxista por saber a dónde van, la tarifa es el doble. En el portón, hay un conserje, que lo mira a uno con mirada escrutadora y cobra el cover y dice “de entrada porque hay un ‘showcito lesbi’, y hoy, por ser a ustedes, gracias a la generosidad del dueño —les recuerda— la entrada está al 50 %”. Estaba empezando la danza de los millones.

 

Sin que medie conformidad y antes de sentarnos en un sofá en forma de “U”, se escucha un aplauso, de esos que solo saben dar los proxenetas, llegan ‘las niñas’. Ellas son las que escogen a los clientes, no es, al contrario. Todas usan seudónimos ‘artísticos’ en inglés como Marylyn, Briggite, Britany. Uno se sienta con —digamos— Jennifer. Cursa enfermería de día en un instituto conocido de la ciudad, por eso no le da fastidio nada dice, que está acostumbrada a lidiar con situaciones difíciles. Es un alivio saberlo. Uno manifiesta que es un tipo muy importante. Por algún impulso, la tertulia continuamente toma un desplazamiento hacia la prole, una mala idea. Hubiera sido mejor no saber que Jénnifer es madre soltera y cabeza de hogar y que tiene un hijo en Ibagué, por ejemplo… y que este está comenzando la primaria y lo cuida la abuela. Esta solicita una cuota para la compra de la lista de útiles: 15.000 pesitos suele ser una tarifa estándar. Esto no es a lo que se vino, pero cómo cerrarse a la banda con un niño. Sin conseguir murmurar, ‘las niñas’ solicitan que es tiempo de ordenar el trago. A falta de un buen whisky como un Gordon & MacPhail Escoces o un Highland Park, sobradamente gravoso será el Chivas. Ellas no toman aguardiente. Ni que fueran putas.

 

Los 300.000 pesos que cuesta la media botella de whisky no se comparan con su sabor enigmáticamente empalagoso a Jarabe para la gripa de mi abuelita. Cualquiera le pide al mesero que examine el trago, no sabe normal y los muchachos haciendo chistes, empiezan a rifar un labrador para ciegos con la tapa. Se lleva la botella, seguramente le agrega más Jarabito y vuelve con el trago: echa unas chispas de whisky en un vaso saturado de hielo que tiene una servilleta que esconde algo espantoso como si fuera la toalla de un ganadero en un sauna. Jénnifer, por el contrario, brinda trago a las ‘niñas’ de ajenas a nuestra mesa; yo creo que de hecho, se lo está llevando en el bolso para sobar a su mami que tiene lumbago, o eso dice: quien va ser el monstruo insensible que ose negárselo.

 

Y No falta que en la plática salga emerja el Jair, su novio-esposo receloso, pero la lleva al sitio de trabajo, al que echaron de su trabajo por corrupto:

—Dios mío, ¿lo echaron por corrupto?

—Sí, es que él es repetidamente guachecito, mi amor…. Algunas veces me levantó a pata. Y yo una vez le clave un cuchillo; te aseguro que el puto demonio me empujó la mano… El médico me dijo que me  pifié  para pegarle en la arteria por milímetros.

 

Jair, un tipo con un chevete ,  coloca tuberías de gas sin quitar el gas, un individuo que pasa vacaciones en la frontera con Venezuela. Jénnifer, empujándole una navaja auxiliada por el diablo. La naciente excitación que uno cargaba no solo ha muerto; el desdichado órgano, traído a este propósito a punta de ofertas y promesas, está aturdido y camuflado. En ese instante, Jénnifer, que ahora se profesa en familiaridad, revela que su auténtico nombre es Leonilde y que la están asesinando las várices.

 

—Ay, papi, a una amista mía se las lograron sacar por el pie… tan impresionante, como esos asquerosos gusanos que se le introducen a la gente en África….

 

Tal vez el estado se convierta en incapacidad permanente. Justo cuando se principian a reflexionar dignamente las posibilidades de derrochar la plata del trago e marchar a la casa, a (Jenifer) Leonilde le da por solicitar que caminen a la habitación. Con sus expresiones se dice “hacer un reservadito”. Ya no hay manera de soltar, sus uñas quedan clavadas en el músculo del brazo. El primer uso de los asientos de eyección de los aviones caza F16, fue en tierra para asuntos como estos; un botón de expulsión, no interesa destrozarse una pierna, que los huesos se compriman por la presión.

 

Pero no ya no hay salida. La cosa fue culpa propia, nuestra, por proporcionar cosas de tipo sensible. Uno no es un consumidor de sus servicios como todos los restantes; uno vino a establecer una relación ‘humana’. La quiere llevar a la cama por cariño, afecto… y claro, el que seduce no paga. Pero ella es una puta, experta en enroscar los piadosos propósitos hasta convertirlas en 15.000 pesitos. En el ‘reservadito’ el único contacto sexual consiste en sobarle las várices a Leonilde, con lo que podrían ser cerca de 200.000 pesos en jarabe de la abuela Robitussin.

 

Ya entrada la amanecida no queda más que retornar a una casa anegada de los sonidos caseros que sazonan la culpa: la olla a presión, el teléfono, pasado pensando en Leonilde y a jarabe… pero honesto y casto. La esposa libera esa mirada de vilipendio. Tuviera sido menos injurioso traer a Leonilde y que ella le cocinara algo de desayuno, tal vez un caldo de costilla, ¿pero como explicarle que lo que he estado haciendo es una obra de caridad, como asistir a la Cena del Millón, y darle al padre una cuotica para la casita de interés social de un pobre? Con la insuperable discrepancia que el platillo principal era una entrometida cocción de marrano: uno.

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