Hombres prepago Bogotá

27 septiembre 2022
Escorts, Prepagos, Putas, Dama de Compañia

¿Gigoló o Prepago Masculino?

La definición del término Gigoló es la de “hombre joven que es mantenido por una mujer generalmente mayor que él, a cambio de prestarle su compañía o de mantener con ella relaciones sexuales”. Esa es, por decirlo de alguna manera, la definición clásica.

En estudios realizados entre trabajadores  sexuales masculinos en las ciudades de Bogotá y Medellín se pudo establecer que un altísimo porcentaje de esta población son homosexuales o bisexuales, lo cual marca la dirección en la que apuntarán sus servicios de prostitución. El término Gigoló, de origen italiano, está reservado para hombres que venden sus favores sexuales sólo a mujeres, lo cual representa apenas el 30% del total del mercado de la prostitución masculina en Colombia. El otro 70% está compuesto por hombres prepagos que atienden a clientes de su mismo sexo.

Cuando comparamos el concepto tradicional del Gigoló con el del actual prepago masculino, notamos que ambos coinciden en que son jóvenes con suficientes atractivos y atributos físicos para despertar el interés sexual de sus potenciales amantes o clientes. Además, el trabajador sexual no limita su campo de trabajo al sector femenino, sino que está abierto, ya sea por gusto propio o por interés económico, a compartir su sexualidad masculina con otros hombres. 

Como consecuencia de las luchas igualitarias que han librado las mujeres desde mediados del siglo XX, en la actualidad las damas se sienten con el derecho y la libertad suficiente para buscar sexo pagado sin que ello signifique ni implique un menoscabo para su dignidad ni para su amor propio. Por lo general se trata de mujeres maduras, en muchos casos casadas, con suficiente holgura económica como para costearse una aventura ocasional o mantener a su lado un amante más o menos estable. 

Siendo las mujeres más complejas que los hombres en sus gustos y apetitos sexuales, ellas buscarán no sólo juventud, atractivo y atributos físicos en el hombre prepago, sino que aspiran encontrar en ellos buenas dosis de galantería y amabilidad que alimenten también su autoestima.

En Hispanoamérica, y por supuesto en Colombia, la prostitución masculina es prácticamente invisible aun cuando muchos de sus actores se anuncian en páginas de internet o redes sociales. A pesar de muchos esfuerzos e intentos, ha sido muy difícil censarlos y generar estadísticas sobre su actividad.

Al igual que en otros países, en Colombia se ha desarrollado una significativa actividad de prostitución masculina, la cual es legal desde el año 2010 según nuestras leyes, pero sin haber logrado hasta la fecha una regularización de la actividad, en gran medida porque los trabajadores sexuales de este género ejercen el oficio de manera clandestina, sobre todo en ciudades como Bogotá y Medellín, dos de las plazas más buscadas por los trabajadores sexuales de ambos sexos. En Medellín, por ejemplo, la prostitución masculina se ha venido desarrollando con mucha fuerza desde finales del siglo pasado, aupada por algunos capos homosexuales o bisexuales del cartel de drogas de esa ciudad, como lo fueron Mario Alberto Castaño Molina (alias el Chopo) y Carlos Lehder. Helmer “Pacho” Herrera hizo lo suyo en la ciudad de Cali. Hoy día la población de hombres prepagos en esas ciudades se ha visto sensiblemente incrementada con la incorporación de inmigrantes venezolanos.

Las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) le han brindado a los prepagos masculinos la posibilidad de abandonar las plazas y otros lugares de tolerancia para ofrecer sus servicios a través de internet, logrando así una manera más segura de trabajar y potencialmente con mayor alcance. El anonimato sigue siendo una opción, pero no una regla: muchos prepagos muestran en internet sus cuerpos, sus genitales y sus rostros sin el menor tapujo. Sin embargo, durante los últimos años, la ciudad de Medellín se ha vuelto lo que llaman “Un burdel a cielo abierto”, ya que tanto mujeres como hombres prepago han regresado a sus calles a tomar las caminerías del parque Lleras o las esquinas de la Calle 10, lugares donde se ha venido desarrollando una especie de turismo sexual en el que extranjeros buscan placer a cambio de dólares.

Tanto en Bogotá, Medellín y otras ciudades colombianas, los escorts masculinos ejercen su oficio asumiendo riesgos como enfermedades de transmisión sexual, condiciones labores muy precarias (cuando trabajan para agencias o burdeles), discriminación social y falta de atención en el sistema de salud pública. 

Las tarifas de estos jóvenes colombianos profesionales del sexo dependen de muchos factores. Sin duda que la juventud y el atractivo físico son fundamentales, pero también lo serán el lugar o la plataforma desde la cual se promocionan y encuentran a sus clientes. Poseer un buen nivel educativo no es necesario, pero abrirá muchas puertas y podría facilitar el acceso a clientes de mejor estatus económico. Algunos jóvenes cuentan que durante sus encerronas sexuales de horas o de fines de semana, evidentemente no todo se reduce al sexo, sino que hay largos períodos de conversación en los que el nivel cultural del hombre prepago jugará en su contra o a su favor.

En Colombia hay toda una casta de escorts que va desde lo más bajo, con chicos menos agraciados o ya no tan jóvenes, hasta llegar a la cima conformada por una élite de jóvenes modelos o aspirantes a actores de TV, con cuerpos atléticos y portentosos miembros que cobran tarifas millonarias por sus servicios. Políticos de alto nivel, prósperos empresarios o miembros de la mafia o carteles de la droga son algunos de los clientes habituales de este selecto grupo.

Pero a pesar del auge que ha venido tomando esta actividad masculina durante los últimos años, hay que señalar que se encuentra mucho menos visibilizada y protegida que la prostitución femenina, la cual ha logrado mayores niveles de organización y atención. Ello se debe, entre otras cosas, a que los trabajadores sexuales masculinos no están considerados como miembros de una comunidad vulnerable debido a la igualdad física que se establece entre el proveedor de placer y su cliente. Por otra parte el escort masculino no sufre del mismo rechazo social que sufre la mujer, rechazo que se manifiesta perfectamente con la ofensiva y denigrante palabra PUTA, denominación que no tiene su exacto equivalente para el hombre.

En definitiva, la prostitución masculina es u oficio en pleno auge aunque sea difícil llevar censos y estadísticas sobre esta población. Muchos prepagos masculinos se anuncian libremente en plataformas como Twitter, Instagram o Telegram, aunque algunos de ellos apuestan por la publicidad que brinda el boca-a-boca, razón por la que se esfuerzan muchísimo por brindar una satisfacción máxima a sus clientes, ya se trate de hombres o mujeres. La discreción y el trabajo en solitario parecieran ser el patrón que rige esta actividad de entretenimiento para adultos.